Que conste que la reflexión que procederé a expresar, en absoluto está escrita con ánimos de revanchismo, ni de división, ni de sectarismo de ningún tipo. Yo mismo he pitado, pito y pitaré todas aquellas situaciones, jugadores, entrenadores y árbitros que me apetezcan cuando estoy viviendo un partido en el Ramón Sánchez Pizjuán.
Quiero incidir en esta palabra, viviendo. Cuando asisto a cada partido en el Ramón Sánchez Pizjuán suelo ponerme nervioso, agitado, inquieto mientras preparo el bocata o doblo la bufanda y la bandera para meterlas en el macutillo con el que desde hace ocho años, no tengo la antigüedad del socio 206, me acompaña en cada partido. Pero esa agitación se multiplica cuando mi equipo empieza a jugar.
Quizás no debería ser así, porque me tengo por una persona responsable y sosegada cuando las cosas de la vida real se ponen jodidas, pero cuando veo el césped verde, me enciendo. Mi primer recuerdo insultando en el estadio, fue contra el Real Madrid, como no, cuando le hicieron un penalti de libro a Moisés y es aquí cuando por primera vez tengo conciencia de haber insultado en un campo de fútbol, ¡ni qué me hubieran robado a mí!
Porque el aficionado al fútbol suele vivir las vicisitudes de su equipo sobre el terreno de juego, como las suyas propias, peor aún, ya que sobre las suyas tiene un cierto grado de control, pero las que ocurren sobre el césped le son completamente incontrolables. Aún así, los vemos en la grada gritándole al entrenador que haga un cambio, aunque este se encuentre a 40 metros de distancia, o chillándole al portero que cubra su palo en una falta que van a tirar a 80 metros de distancia. No nos damos cuenta, y dejamos salir al lado más irracional de nuestra personalidad, nuestros deseos, nuestras esperanzas, nuestros anhelos se desparraman por cada poro de nuestra piel.
Por eso yo puedo comprender a esos famosos pitaores, quien les puso el sobrenombre no creo que los insultará porque, al fin y al cabo, este nutrido grupo de sevillistas recibieron bien el apodo. Nunca se ocultaban de pitar, al contrario, estaban desgañitándose por nuestro Sevilla. Según ellos, la mediocridad se estaba asentando sobre el terreno de juego, la sociedad estaba traicionando ese estilo de juego arrebatador que durante año y medio asombró y arrasó Europa desde Ucrania hasta Sevilla, desde Triana hasta Eindhoven.
Y aunque se ganase se escuchaban pitos en el Pizjuán, conseguimos clasificarnos para una final de copa, de forma bochornosa según el diccionario de estilo de estos aficionados. La victoria por un gol de ventaja o no meterle cinco a determinados equipos de nulo pedigrí, suponía bajar las escaleras camino de la puerta cinco oyendo multitud de quejas, abrir el periódico leyendo columnas clamando contra la mediocridad, escuchar la radio y sintonizar con la retransmisión del Armagedon eran lo mismo…. Ganar así nos hundiría en la miseria, y comprendo la frustración de ese pitaor que viendo como se le aproximaba el Holocausto se desgañitaba pregonándolo a los cuatro vientos.
Y a fe que la garganta de estos señores era resistente porque esas prédicas se prolongaron desde el 24 de Noviembre de 2007, cuando perdimos contra el Mallorca, con gol de falta de Varela desde su casa, hasta el 23 de Marzo cuando en el minuto 91 Leandro Gioda consiguió el empate del Xerez, que nos sacaba de puestos de Champions en los que habíamos estado hasta esa jornada veintiocho.
Por fin, la directiva se cansó de tapar a Jiménez, cosa que les causó un gran quebranto a las estructuras, quebranto causante seguramente de los fichajes de los Duscher, Stankevicius, Konko, o Sergio Sánchez…. porque tapar a Jiménez seguramente absorbería muchos recursos de la entidad.
Y se bajó el telón, la grada pitaora, por fin descansó, su hastío del entrenador, de los Mosquera, Maresca, Romaric,… tocaba a su fin. Las estructuras habían tomado nota, y se le dio el equipo a quien, según gran parte del sevillismo, debió ser el elegido antes que Jiménez. Y tuvieron razón porque conseguimos un cuarto puesto casi milagroso, solo Monchi sabe la promesa que hizo en el palco de Almería, y una Copa de España de las que otorgan respeto a una entidad y a una afición.
De eso hace dos años, dos años donde si han habido pitos han sido para los Biris, para algún jugador muy concreto pero no de forma abrumadora como antes, esos pitos, ya descansaron. Porque esos pitos fueron las voces del cuento de Pedro y el Lobo, tantas veces alertaron de que venía el Lobo, tantas veces vivieron que este lobo de la mediocridad nos devoraba y fueron tantas las que un tercer puesto, un par de lideratos en la fase de grupos de Champions, o un título de Copa de Rey, que seguramente se cansaron de seguir pitando.
Nunca llegaba el lobo, parecía que enseñaba los dientes pero lo más que consiguió fue dar una dentellada para descabalgarnos hasta un deshonroso quinto puesto, aunque esa dentellada si arrancó el que para muchos era el cáncer que oscurecía el brillo del triunfo.
Y ahora que la manada de lobos se ha zampado hasta el último borrego del rebaño, ahora que la miseria, la mediocridad, la derrota, la derrota deshonrosa, el juego sin alma, la perversión de nuestra casa en forma de salchicha, la violación de nuestra orgullo en forma de sentencia, la usurpación de nuestros sentimientos por una mayoría accionarial. Ahora que han pasado todas esas cosas, ahora, me pregunto ¿dónde se han metido esos pitaores?
Fdo. Ignacio Moreno.


